More geométrico

Notas post-aceleracionistas sobre lo que puede el “cuerpo” hipertecnológico, por Fernando Castro Flórez

 

Dedicado a Vicente Matallana, apasionado, parcial y tecnólogo

 

“Ciertamente aún no sabemos lo que un cuerpo tecnosocial moderno puede”[1].

Entre las múltiples razones por las que se ha desplegado el “aceleracionismo”[2] no son las menos importantes las patologías sociales surgidas de distorsiones sistemáticas de las condiciones de comunicación. “En la edad de la globalización y la “u-topicalidad” de la red, cada vez más se concibe el tiempo como capaz de comprimir, o aún de aniquilar el espacio”[3]. El espacio se “contrae” virtualmente por efecto de la velocidad del transporte y de la comunicación. Sabemos que siempre hay algo fuera de un medio. Cada medio construye una zona correspondiente de inmediatez, de lo no mediado y transparente en contraste con el propio medio. De las ventanas de los edificios hemos pasado a las del ordenar, de las formas de habitar a la computación[4], en una mutación de aquello que vemos “afuera” pero también en un complejo juego de transparencia y opacidad. La (presunta) era del acceso no es otra cosa que una economía de las experiencias (pretendidamente) “auténticas”[5]. Acaso nuestra “aceleración” no sea otra cosa que un empantanamiento sedentario en el catálogo ubicuo de la “teletienda” en un tiempo que es manifiestamente complejo o, sencillamente, desquiciado[6].

Lo indigesto es parte de la ración visual que nos administramos en nuestro sedentarismo pseudo-conectivo. En la época del capital humano y de la moneda viviente, son cada instante de la vida, cada relación efectiva, los que ahora están aureolados por un conjunto de posibles equivalentes que nos minan Estar aquí es, en primer lugar, la insoportable renuncia a estar en cualquier otro lado, donde la vida es aparentemente más intensa, como se encarga de informarnos nuestro smarphone. Estar con tal persona es el insoportable sacrificio del conjunto de las demás personas con las que uno también podría estar. Kevin Kelly, cofundador de Wired y “gurutecnólogo”, afirma en su betseller Lo inevitable (donde establece, en gerundio, las fuerzas tecnológicas que configuran nuestro futuro: transformando, añadiendo conocimiento de inteligencia artificial, fluyendo, proyectando, accediendo, compartiendo, filtrando, recombinando, interactuando, monitorizando, preguntando y comenzando) que tenemos una visión angelical o incluso divina del mundo: “Podemos fijar nuestra mirada en un punto del mundo, en un mapa por satélite en tres dimensiones, con sólo cliquear. ¿Recordar el pasado? Está allí. O escuchar las quejas y solicitudes diarias de casi cualquier persona que publica tweets o en su blog. (¿Y no lo hace todo el mundo?). Dudo que los ángeles tengan una mejor visión de la humanidad”[7]. Ante tamaño buenrollismo ciber-delirante entran, literalmente, ganas de optar por el infierno que, a la manera sartreana, son siempre los otros y, en nuestro hechizo de las “pantallas narcisistas”, sería la compulsión que hace vivamos a ritmo de like. La imparable robotización no parece que sea tanto una expansión de la “inteligencia” cuanto una subordinación a un turbo-capitalismo que, valga la referencia borgiana, prefiere el mapa (esa vigilancia planetaria en la que es crucial la planimetría de Google) al territorio.

Estamos viviendo la “experiencia del enjambre”, orientados, sin necesidad de recurrir a lo subliminal, por el “filtro burbuja”. La anestesia contemporánea de las sensibilidades, su despedazamiento sistemático, “no es solo –leemos en Ahora del Comité Invisible- el resultado de la supervivencia en el seno del capitalismo; es su condición. No sufrimos en cuanto individuos, sufrimos por intentar serlo”[8]. En el tsunami del big data lo que se establece imperialmente es el dominio de la mentira[9]. Tu pantalla de ordenador, como apunta Eli Pariser, es cada vez menos una especie de espejo unidireccional “que refleja tus propios intereses, mientras los analistas de los algoritmos observan todo lo que clicas”[10]. En pleno proceso de uberización del mundo, cuando se ha iniciado la era de la “maquinaria molecular”[11], producen tremendos colapsos emocionales. Nuestra “cultura de la desatención” es, casi siempre, profundamente antipática[12]. La estimulación hipertrófica y la simulación del placer generan obsesión cuando no un profundo aburrimiento en el seno de la hiper-excitación[13].

En 2002, el cineasta Sion Sono hizo la película El club del suicidio que tomaba en cuenta la epidemia de suicidios entre estudiantes japoneses. Algunos jóvenes japoneses quedan hechizados en la pantalla del ordenador, como Medusa digital, convertidos en sujetos bunkerizados. La conducta de los hikikomori no debería ser vista simplemente como un síntoma patológico, sino como una forma de adaptación a la actual mutación social y antropológica, como una respuesta al insoportable estrés que provocan la competencia, la explotación mental y la precarización. Hay que tener presente que Corea del Sur, el país que tiene el índice más alto de conectividad tiene también uno de los más altos de suicidio en el mundo. Lo que sucede en esos países no es algo que esté “en las antípodas” de nuestro modo de vida, al contrario, nosotros estamos también fosilizados en la lógica ultra-narcisista de la pseudo-conectividad. Nuestro Gran Hermano no es solamente un reality show patético (casquería visual en la que, por emplear la ideología integrada, se le da a la gente “lo que quiere”) sino que es un cruel sistema de exclusión[14]. Philip K. Dick ya describió el rasgo decisivo de nuestra sociedad: nada significa ya lo que es, y la propia vida se convierte en un único cálculo de riesgos y posibilidades. La (ridícula) utopía que supone vivir en un mundo indexado nos promete que por fin ya sabremos “dónde están las llaves”[15].

Aunque estemos sumidos en la narcolepsia escópica puedan suceder “otras cosas” diferentes de lo pre-cocinado. “El arte capaz de cargar con su destino ha de proponer un CORTOCIRCUITO en la serie de lo “ya visto” pero que, al mismo tiempo, no redunde en otra oportunidad para esperar la visión -tras la pantalla- del Accidente. Salir de esta paranoia colectiva como sublime catastrófico sería la misión para una estética del fracaso digna de tenerse en cuenta. Frente a un arte epiléptico, enfrascado en las psicofonías porno de no tener nada que ver debido a un hiperexceso de visibilidad, contra un arte cuya sed de acontecimientos le lleva a comprender lo real como un tartamudeo balbuceante de lo obsceno e hiperbanal, solo cabe una estética de la elipsis, una estrategia de bombardeo terrorista, un arte del goce por ese Real que nos ningunea ante nuestros propios ojos”[16].  El club de snobs hipertecnológicos ha reivindicado e incluso convertido en marketing ese fracaso que ofrece el “camuflaje perfecto”[17]. Una legión de idiotas ofrece el espectáculo (para-warholiano) del nothing special, bajo la apariencia de no enterarse de nada histerizan su vida, muestran en la pantalla total que no hay otro modo de ser contemporáneo que mostrándose estrictamente bipolar. Estamos, literalmente, curados de espanto y con la planetarización del Tratamiento Ludovico podemos sonreír y declarar que “estamos curados” aunque un escupitajo marque nuestros rostros. Nos apasiona lo obsceno y compartimos “experiencias” en un reality show ultra-digital como (inconscientes) colaboracionistas del régimen global de vigilancia y control.

En el año 2001, la revista Cahiers du Cinéma consideró que Loft Story (la pedantesca y “citacionista” versión francesa de programa holandés Big Brother) fue calificada entre las diez mejores películas del año[18]. Justo cuando se estaba fundando de forma demoledora un siglo en el que el Imperio establecería el “estado de excepción” y la caza del hombre (facilitada por la nueva “moral del dron”), gozaban millones de espectadores de una “colectividad recluida” para conseguir la fama. La televisión encontraba su condición esencial de vida en directo “monitorizada” y la confesión resurgía en formato delirante. Aquellos simios que acariciaban una forma proto-minimalista (una escultura “inconsciente” acaso de Richard Serra) en la mítica película de Kubrick habían mutado en el cualquiera que estaba dispuesto a pasar “pruebas” en un proceso de iniciación en la construcción mediática del sujeto sórdido. Los patrones (desquiciados) de vida de los “inquilinos” de Gran Hermano servían para conseguir las migajas de éxito prometidas en una plétora de sedimentos varios: empelotarse en la portada de una revista, ingresar en el molino satánico del tertulianismo vocinglero, agotar los bolos nocturnos en discotecas y antros de carretera, pelearse con un colega abyecto o, en la inevitable inercia zombi, reaparecer como VIP, esto es, ser tan importante como para reengancharse a otra experiencia “carcelaria” en una isla remota o en la casa post-panóptica originaria.

Quince años después del “Grado Cero” descubro que Francis Fukuyama, aquel profeta que vendía la moto del “fin de la historia” sin dejar de advertir que “será un tiempo muy triste”[19], dedica el tiempo libre a fabricar drones. La perspectiva de “siglos de aburrimiento al final de la historia” y la nostalgia del coraje y la imaginación parece que se combate con los “vehículos aéreos no pilotados” que materializan la estrategia del crimen perfecto. Acaso el reality show, aquella ridícula commedia (sin) arte, sea  la proto-historia de la estrategia de “datificar” patterns of life. “El análisis de las formas de vida se define, con mayor precisión, como “la fusión del análisis de los vínculos y del análisis geoespacial”. Para llegar a tener una idea de lo que se trata, hay que imaginarse la sobreimpresión, dentro de un mismo mapa numérico de Facebook, de Google Maps y de un calendario Outlook. Fusión de datos sociales, espaciales y temporales; cartografía conjunta del socius, del locus y del tempus -es decir, tres dimensiones que constituyen, con sus regularidades y también con sus discordancias, aquello que es prácticamente una vida humana”[20]. Los concursantes que exhibían su desastre mental (una suerte de mediatización del “Sindrome de Diógenes) estaban sometido al cabreo de la “nominación”, los pilotos (valga el oxímoron) de los drones, con su “mentalidad de play station”, podían sufrir “stress post-traumático” y el votante del tiempo del des-gobierno puede sentir déjà vu. Los operadores de la base de Greech, cerca de Indian Springs, en Nevada ven a sus víctimas, toman a alguien en custodia. Los siguen en todas sus ocupaciones cotidianas, hasta desarrollar un extraño sentimiento de intimidad con ellos: “Los ves levantarse por la mañana, ir a trabajar, volver por la tarde para acostarse”. Como la vida misma. Vale la pena recordar la ensayada despedida del Show de Truman: “Good Moorning! Oh, and in case don´t see ya: Good afternoon, good evening, and good night!”.

El ciberespacio crece sin límites, mientras que, al contrario, el tiempo mental no es infinito. Sabemos que Internet no es, en ningún sentido, la respuesta. “La experiencia del otro –escribe Franco “Bifo” Berardi- se hace rara e incómoda, incluso dolorosa, ya que este se vuelve parte de un estímulo ininterrumpido y frenético, y pierde su singularidad, su intensidad y su belleza. La consecuencia es una reducción de la curiosidad y un incremento del estrés, la agresividad, la ansiedad y el miedo”[21]. Se ha producido una contracción del presente con respecto a asociaciones sociales y un gran incremento de los contactos sociales que tiene la gente, no exclusivamente, pero sí en gran medida con la ayuda de los medios de comunicación modernos, conduce al “yo saturado”[22]. En el año 1903, Georg Simmel señaló, en su meditación sobre la vida metropolitana, que dejamos y encontramos a tantas personas y establecemos redes de comunicación tan vastas que se vuelve imposible relacionarse emocionalmente con todos, ni siquiera con la mayoría de esos contactos. Si hoy las redes sociales nos ofrecen una identidad situacional también nos instalamos en la “flexibilización”, en la provisionalidad, en el precariado. Lanzamos sin pausa mensajes “autopromocionales”[23] y estamos sedentarizados mas que sometidos a la histeria tensados por una “corporalidad” que parece poder-todo[24]: recluidos en la burbuja de lo (in)significante[25].

En nuestra época todo debe ser comercializado y sujeto a competencia, vale decir: todo debe ser identificado como una “marca”. La estética es, aceleradamente, promovida más allá de toda medida y, valga la paradoja, reducida, sin embargo, a nada. “La producción estética actual –apuntó Fredric Jameson en El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado– se ha integrado en la producción de mercancías en general: la frenética urgencia económica de producir constantemente nuevas oleadas refrescantes de géneros de apariencia cada vez más novedosa (desde los vestidos hasta los aviones), con cifras de negocios siempre crecientes, asigna una posición y una función estructural cada vez más fundamental a la innovación y la experimentación estética”. La estetización ubicua queda sedimentada (comercialmente) en styling. El estilo de vida se ha desarrollado intensivamente como un punto fundamental del marketing de los bienes de consumo: más que globalización una homogeneización (planificada) del mundo[26].

Sufrimos-y-gozamos en medio de una incitación al “exceso” estético que, al mismo tiempo, supone una “sujeción” (una construcción de subjetividad) neoliberal[27]. En la era de la “globalización” digitalizada, las proximidades física y social se separan cada vez más: aquellos que están socialmente cerca de nosotros ya no tienen que estar cerca físicamente, y viceversa. Una vez más tenemos que recodar shakesperianamente que “el tiempo está desquiciado” y que tendremos que generar nuevos procesos de subjetivación[28]. Acaso el arte tenga que tensar su tarea en función de emociones o afectos que desconocemos[29].

Nos agitamos a ritmo de footwork[30] como si quisiéramos exorcizar los colapsos catastróficos del capitalismo[31]. La Triebenergie (energía pulsional) que puede surgir “a través” del arte acaso nos puedan liberar de la subordinación que se produce con el despliegue de las tecnologías de la información y con la economía automatizada.

Las emociones o afectos aparecen como encarnación subjetiva o gestual que acaso puedan intensificarse desde una filosofía de la “afirmación pura” que vendría a replantear la pregunta sobre lo que puede un cuerpo[32]. En su Ethica more geometrico, Spinoza subrayaba que “toda potencia entraña el poder de ser afectado”. Puede que tengamos que “apresurarnos despacio” para incorporar el arte aunque sea para dar cuenta del pasar de las cosas que nos pasan. Tenemos, más que saber lo que podemos, activar nuestras potencialidades antes de que se produzca el colapso definitivo, poniendo freno o fracturando la “invocación hipersticional”[33] que solamente nos destina a lo peor.


[1] Alex Williams y Nick Srnicek: “Manifiesto por una Política Aceleracionista” en Armen Avanessian y Mauro Reis (comps.): Aceleracionismo. Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo, Ed. Caja Negra, Buenos Aires, 2017, p. 33.

[2] “Entre los factores clave para el desarrollo de la nueva forma de aceleracionismo que encontramos aquí está la aventura fármaco-socio-sensorial-tecnológica colectiva de la cultura rave y la simultánea invasión de los hogares por las tecnologías mediáticas (VCRS, videojuegos, computadoras) y la inversión popular en ciencia ficción ciberpunk distópica, que incluye la trilogía de William Gibson Neuromante y los films Terminator, Predator y Blade Runner (que se convirtieron en “textos” claves para estos autores)” (Armen Avanessian y Mauro Reis: “Introducción” en Armen Avanessian y Mauro Reis (comps.): Aceleracionismo. Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo, Ed. Caja Negra, Buenos Aires, 2017, p. 26).

[3] Hartmut Rosa: Alienación y aceleración Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía, Ed. Katz, Buenos Aires, 2016, p. 23.

[4] “La ventana era, por supuesto, un medio por derecho propio, dependiente de la aparición de las tecnologías adecuadas de laminado de vidrio. Las ventanas son quizás uno de los inventos más importantes en la historia de la cultura visual, abriendo la arquitectura a las nuevas relaciones entre lo interno y lo externo, y replanteando el cuerpo humano, por analogía, en espacios interiores y exteriores, de manera que los ojos son las ventanas del alma. Las orejas son porches y la boca está adornada con puertas perladas. Desde el enrejado de la ornamentación islámica y las vidrieras de la Europa medieval, pasando por los escaparates, las galerías comerciales modernas y los flanerie hasta las ventanas de la interfaz de usuario de Microsoft, la ventana es cualquier cosa menos una entidad transparente, obvia o no mediada” (W.J.T. Mitchell: ¿Qué quieren las imágenes?, Ed. Sans Soleil, Vitoria, 2017, p. 271).

[5] “La nueva cultura del hipercapitalismo –apuntaba Jeremy Rifkin en el año 2000- donde todo en la vida es pagar por experiencias, que describe la compra y venta de experiencias humanas [en] ciudades temáticas, en los desarrollos basados en intereses comunes, en los centros destinados al entretenimiento, en los shopping malls, en el turismo global, en la moda, la cocina, los deportes y los juegos profesionales, las películas, la televisión, la realidad virtual y [otras] experiencias simuladas”.  Rifkin advertía que si la era industrial alimentó nuestro ser físico, la Era del Acceso le da de comer a nuestro ser mental, emocional y espiritual: “Mientras que lo que caracterizó a la era que acaba de terminar fue el control del intercambio de bienes, el control del intercambio de conceptos caracteriza a la era que está llegando. En el siglo XXI las instituciones comercian cada vez más con ideas, y la gente, a su vez, compra cada vez más el acceso a esas ideas y a las encarnaciones físicas en las que están contenidas” (Jeremy Rifkin: La era del acceso. La revolución de la nueva economía, Ed. Paidós, Barcelona, 2013, p. 48).

[6] “Pero, ¿qué es “nuestro tiempo”?¿Es el mundo del terrorismo post 11-S y de las incipientes formas de neofascismo, desde los talibanes al nuevo imperialismo americano?¿Es la era de la posmodernidad o de una modernidad (como argumenta el filósofo y antropólogo Bruno Latour) que podría no haber existido nunca?¿Es un tiempo definido por los nuevos medios y las nuevas tecnologías, una era de la “reproductibilidad biocibernética” que sucede a la “reproducción mecánica” de Walter Benjamin, el “mundo de cables” de Marshall McLuhan que desplaza el tiempo en el que uno podía decir la diferencia entre una máquina y un organismo?¿Es el momento en el que nos nuevos objetos del mundo produce nuevas filosofías del objetivismo y las viejas teorías del vitalismo y del animismo parece (como las formaciones fósiles) adoptar nuevas vidas?” (W.J.T. Mitchell: op. cit., p. 214).

[7] Kevin Kelly: Lo inevitable. Entender las 12 fuerzas tecnológicas que configurarán nuestro futuro, Ed. Teell, Madrid, 2017, p. 20.

[8] Comité Invisible: Ahora, Ed. Pepitas de Calabaza, Logroño, 2017, p. 147.

[9] “La “mentira” es en este mundo un asunto extramoral, y la falta de verdad prevista es el menor de los problemas: también el autoengaño, las ilusiones, las estrategias con las que las personas “se imaginan cosas que no son”, forman parte, en la época del big data -la interconexión en red de todos los datos de personas y cosas-, de esta categoría” (Frank Schirrmacher: Ego. Las trampas del juego capitalista, Ed. Ariel, Barcelona, 2014, p. 160).

[10] Eli Pariser: El filtro burbuja. Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos, Ed. Taurus, Madrid, 2017, p. 13.

[11] “El nanocataclismo comienza como ciencia ficcional. “Nuestra habilidad para ordenar átomos está en la base de la tecnología”, anota Drexler, “aunque esto ha supuesto tradicionalmente manipularlos como rebaños indóciles”. La ingeniería de precisión de los ensamblajes atómicos prescindirá de métodos tan toscos, iniciando la era de la maquinaria molecular, “el avance tecnológico más grande en la historia”. Ya que ni los logos ni la historia tienen la menor oportunidad de sobrevivir a tal transición, esta descripción es sustancialmente engañosa” (Nick Land: “Colapso” en Armen Avanessian y Mauro Reis (comps.): Aceleracionismo. Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo, Ed. Caja Negra, Buenos Aires, 2017, pp. 56-57).

[12] “Así como hubo “maneras de corte” en la época de los regímenes monárquicos, hay formas y “maneras de democracia” alentadas por las “comunidades de emoción” del fascismo, el nazismo y sus diversas variantes. Desde este punto de vista, la época contemporánea, ya sea que la denominemos neocapitalismo o sociedad del espectáculo, parece bien marcada por lo que Claudine Haroche define como “cultura de la desatención”: una cultura en la que las maneras antiguas (la moderación, la compostura o del decoro, todo aquello que el siglo XVIII llamaba “gobierno de sí”, promovido por la burguesía en oposición a las “efusiones” y “tormentos” del pueblo) serán reconducidas y transformadas por estrategias de percepción ligadas a la antipatía que mencionaba anteriormente. Es la desatención, es la distancia, es la indiferencia lo que conduce hoy ese juego del “gobierno de sí”, por ejemplo en ese “enceguecimiento por delicadeza” que desvía nuestros pasos ante el cuerpo desplomado en el piso de un indigente en el metro. Es toda una estrategia del desinterés la que hace de ahora en más de nuestros semejantes una masa de “individuos insignificantes”. El punto crucial de todas estas observaciones es que no hay contradicción alguna de hecho entre los dos fenómenos que son, su insensibilización, su colocación en situación de indiferencia, su vocación por la “antipatía” generalizada” (Georges Didi-Huberman: Pueblo en lágrimas, pueblos en armas, Ed. Shangrila, Santander, 2017, pp. 72-73).

[13] En 2015, solo la plataforma de vídeos pornográficos PornHub fue visitada 4392486580 horas, o sea dos veces y media el tiempo el Homo sapiens lleva sobre la Tierra.

[14] El nuevo Gran Hermano hizo justamente lo que había predicho el sociólogo Zygmunt Bauman: se dedicó a excluir. “Ha de descubrir – escribe en Vidas desperdiciadas: la modernidad y sus parias- a las personas que “no encajan” en su lugar, ha de expulsarlas de ese lugar y trasladarlas a “donde corresponde”, o mejor incluso, no debería dejarles venir a ningún lugar. El nuevo Gran Hermano suministra a las autoridades de inmigración listas de personas que no deben dejar entrar y a los banqueros, listas de personas que no deberían integrar en la comunidad de personas dignas de crédito”.

[15] El chip de identificación por radiofrecencia RFID proporciona un marco en el que una casa podría inventariar de manera automática cada objeto que haya en ella, así como registrar qué objetos hay en cada estancia. “Con una señal lo bastante potente, el RFID podría ser una solución permanente al problema de perder las llaves, lo cual nos enfrenta a lo que el escritor de la revista Forbes Reihan Salam llama “la poderosa promesa de un mundo real que puede ser indexado y organizado tan limpia y coherentemente como Google ha indexado y organizado la red”” (Eli Pariser: El filtro burbuja. Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos, Ed. Taurus, Madrid, 2017, p. 197).

[16] Javier González Panizo: Escenografías del secreto. Ideología y estética en la escena contemporánea, Ed. Manuscritos, Madrid, 2016, p. 234.

[17] Cfr. Andrew Keen: “Fracaso épico” en Internet no es la respuesta, Ed. Catedral, Barcelona, 2016, pp. 259-291.

[18] “¿Cómo fue esto posible?¿Cómo se llegó a esto? No puedo decir que la conexión entre el arte del diálogo de la confesión de Bergman y el producto Endemol me haya convencido. Evidentemente, los críticos de Cahiers se equivocaban al posicionar el fenómeno de Loft Story en el gran arte. Sin embargo, si se considera el arte del siglo XX como una tentativa de transfiguración de lo banal en obra, como nos sugiere el filósofo estadounidénse Arthur Danto, no resulta absurdo preguntarse si los reality shows no forman parte, a su manera, del arte contemporáneo que es un arte que aprovecha los restos” (François Jost: El culto de lo banal, Ed. Llibraria, Barcelona, 2012, p. 9).

[19] “El fin de la historia será un tiempo muy triste. La lucha por el reconocimiento, la disposición a arriesgar la propia vida por una meta puramente abstracta, la lucha ideológica a nivel mundial que requería audacia, coraje, imaginación e idealismo será reemplazada por el cálculo económico, la interminable resolución de problemas técnicos, la preocupación por el medio ambiente y la satisfacción de las sofisticadas demandas consumistas. En la era poshistórica no habrá ni arte ni filosofía, sólo la perpetua conservación del museo de la historia humana. Lo que siendo dentro de mí, y lo que veo alrededor mío, es una fuerte nostalgia por aquellos tiempos en que existía la historia” (Francis Fukuyama: “¿El fin de la historia?” [originalmente publicado en la revista The National Interest, nº 16, verano de 1989] en ¿El fin de la historia? y otros ensayos, Ed. Alianza, Madrid, 2015, p. 100).

[20] Grégorie Chamayou: Teoría del dron. Nuevos paradigmas de los conflictos del siglo XXI, Ed. Futuro Anterior, Barcelona, 2016, p. 52.

[21] Franco “Bifo” Berardi: Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva, Ed. La Caja Negra, Buenos Aires, 2017, p. 204.

[22] “Las nuevas tecnologías –apunta Kennet Gergen en El yo saturado (Ed. Paidós, Barcelona, 2006)- hacen posible sostener relaciones –directa o indirectamente- con un arco cada vez más amplio de personas. En varios aspectos estamos alcanzando lo que puede ser visto como una saturación social. Las magnitudes de estos cambios pocas veces son autocontenidos. Ellos conservan un poder de reverberación a través de la cultura, se acumulan pasuadamente hasta que un día nos encontramos bloqueados para dar cuente de cuándo hemos sido dislocados, sin poder recobrar lo que hemos perdido […]. Con la saturación intensificada de la cultura, sin embargo, todas nuestras previas asunciones acerca de la identidad se ponen en riesgo y los patrones tradicionales de relaciones se tornan extraños. Una nueva cultura se está gestando”.

[23] “Facebook en sí toma la forma bajo la cual se incita a gritar al viento pequeños mensajes de autopromoción frente a un atento público imaginario, y en la cual las oportunidades ocasionales para un intercambio de ideas genuino parecen cerrarse en un instante” (Martha Rosler: “Al servicio de la(s) experiencia(s)” en Clase cultural. Arte y gentrificación, Ed. Caja Negra, Buenos Aires, 2017, p. 189).

[24] En los Estudios sobre la histeria freudianos se habla de los “afectos activos” o “esténicos”, expresión formulada para dar cuenta de las potencias sorprendentes (en relación con la muy antigua pregunta de “¿Qué puede un cuerpo?”) características de la motricidad histérica. “Los afectos “activos”, “esténicos”, compensan el acceso de excitación [psíquica] con una descarga motriz. Los gritos y los saltos de alegría, el tono muscular incrementado de la cólera, las vociferaciones, las represalias, permiten a la excitación descargarse mediante ciertos movimientos. El sufrimiento moral se libera de la excitación a través de esfuerzos respiratorios y secreciones: los sollozos y las lágrimas. Diariamente podemos constatar que estas reacciones tienden a disminuir y apaciguar la excitación” (Gilles Deleuze: Francis Bacon. Logique de la sensation, Ed. de la Différence, París, 1981, pp. 43).

[25] “La condición del dominio de los GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon) es que los seres, los lugares, los fragmentos del mundo continúen sin tener contacto real. Allí donde los GAFA pretenden “vincular al mundo entero”, lo que hacen por el contrario es trabajar por el aislamiento real de cada uno. Inmovilizar los cuerpos. Mantener a cada uno recluido en su burbuja significante. El golpe de fuerza del poder cibernético consiste en procurar a cada uno la sensación de tener acceso al mundo entero cuando en realidad cada vez está más separado de él, de tener cada vez más “amigos” cuando cada vez más autista. La multitud serial de los transportes colectivos siempre fue una multitud solitaria, pero nadie transportaba consigo su burbuja personal, como ocurre desde que aparecieron los smartphones. Una burbuja que inmuniza contra todo contacto, además de constituir un perfecto soplón. Esta separación querida por la cibernética se dirige de manera no fortuita hacia la constitución de cada fragmento como pequeña entidad paranoica” (Comité Invisible: op. cit., p. 52).

[26] “A [Theodore] Lewitt, editor de Harvard Business Review, se le reconoce la popularización del término “globalización”. En The Marketing Imagination [La imaginación del marketing], su betseller de 1983, Levitt señaló que, como resultado de la expansion de los medios de comunicación alrededor del mundo, los Estados Unidos se encontraban en una posición única para vender sus productos donde fuse, colocando a sus mercancías high-touch –jeans y Coca Cola- junto con sus productos high-tech (e integralmente, y junto con ambos, al americanismo y el idioma inglés) entre las posesiones más desables del mundo. “Una fuerza poderosa dirige al mundo hacia una homogeneidad convergente, y esa fuerza es la tecnología. […] Prácticamente todo el mundo, en todas partes, quiere las cosas de las que ha oído hablar, o las que ha visto o experimentado a través de las nuevas tecnologías” (Theodore Lewitt: “The Globalization of Markets” en Harvard Deusto Business Review, nº 1, 2001)” (Martha Rosler: “El modo artístico de la revolución: de la gentrificación a la ocupación” en op.cit., p. 200).

[27] “En un clima así, no hay nada más preciado que el exceso. Entre más lejos vayas, más material habrá para ser acumulado y capitalizado. Todo es organizado en términos de límites, intensidades y modulaciones. Como dice Robin James, “para el sujeto neoliberal, el objetivo de la vida es “llevarse al límite”, acercándose cada vez más al punto de rendimiento decreciente […]. El sujeto neoliberal tiene un insaciable apetito de más y más diferencias novedosas”. El objetivo es siempre alcanzar “el borde del agotamiento”: seguir una línea de intensificación y, no obstante, ser capaz de retirarse de esta frontera, tratándola como una inversión y recuperando la intensidad como ganancia. Como afirma James, “la gente privilegiada llega a vivir las vidas más intensas, vidas de inversión (individual y social) y ganancia maximizadas”. Es por esto que la transgresión ya no funciona como una estrategia estética subversiva. O más precisamente, la transgresión funciona demasiado bien como una estrategia para amasar tanto “capital cultural” como capital a secas” (Steven Shaviro: “Estética aceleracionista: ineficiencia necesaria en tiempos de subsunción real” en Armen Avanessian y Mauro Reis (comps.): Aceleracionismo. Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo, Ed. Caja Negra, Buenos Aires, 2017, p. 175).

[28] ““El tiempo está fuera de quicio”, escribió Gregory Bateson citando a Hamlet. Desquiciado, dislocado. La creciente conectividad y el sometimiento de la actividad cognitiva a las máquinas digitales ha provocado la desarticulación entre el ritmo mutado de la mente conectada y el ritmo de la mente corporal. Como consecuencia, el general intellect se ha separado de su cuerpo. El problema aquí no es el sujeto en cuanto realidad dada y estática. El problema es la subjetivación, el proceso de surgimiento de conciencia y autorreflexividad de la mente, sin considerar a esta última de manera aislada, sino en el contexto del entorno tecnológico y del conflicto social. La subjetivación también debe ser entendida como morfogénesis, como la creación de formas” (Franco “Bifo” Berardi: op.cit., p. 251).

[29] No es casual que el epígrafe escogido por Vygotski para su Psicología del arte perteneciera al gran texto de Spinoza sobre las emociones, y se preguntara por “lo que puede un cuerpo”, porque “nadie hasta hoy lo ha determinado” (Lev Vygotski: Psychologie de l´art, Ed. La Dispute, París, 2005, p. 13).

[30] “Fisher explica que el footwork es como la “infinitud negativa de los GIF animados, con su tartamudeante, frustrada temporalidad, su inquietante sentido de estar preso en una trampa de tiempo”. Si el jungle anunciaba temporalidades acelerativas, entonces el footwork, de acuerdo con Fisher, solo captura los impasses del momento presente. Padecemos, según la afirmación ballardiana de Alex Williams, una “sensibilidad cronopática”, un desorden en nuestra experiencia del tiempo. Incapaces de acceder al futuro, o incluso a la fe o a la creencia en el futuro, podemos a cambio experimentar solo el bloqueo de nuestro momento presente” (Benjamin Noys: “Baila y muere: obsolescencia y aceleración” en Armen Avanessian y Mauro Reis(comps.): op. cit., p. 194).

[31] “El capitalismo desrregulado puede llevar a episodios regulares de sobrecapacidad e infraconsumo, y a la recurrencia de crisis financieras destructivas, alimentadas por burbujas de crédito y auges y ocasos de los precios de los activos” (Nouriel Roubini: “The Inestability of Inequality” en EconoMonitor, 14 de octubre de 2011).

[32] “Ahora bien, esta fundamental “afirmación” está ciertamente destinada a ponerse en gestos en la expresión. De ahí la pregunta central planteada por Deleuze a partir de los capítulos de la Ética consagrados a los efectos de las emociones: “¿Qué es lo que puede un cuerpo?”. Una manera de decir que la expresión es potente porque es activa, a condición de que se construya la secuencia que nos hará pasar del padecer al imaginar (la “imagen es la idea de la afección”, resume Deleuze, aunque nos haga “conocer solo el objeto por su afecto”), del imaginar al pensar (según el juego de las “nociones comunes” y de la “libre armonía de la imaginación con la razón”), y, finalmente, del pensar al actuar, eso que Deleuze denomina el “devenir-activo” intrínseco a toda expresión” (Georges Didi-Huberman: Pueblos en lágrimas, pueblos en armas, Ed. Shangrila, Santander, 2017, p. 37).

[33] “Hiperstición [apunta Nick Land] es un circuito de retroalimentación positiva que incluye a la cultura como componente. Puede ser definido como la (tecno-)ciencia experimental de las profecías autocumplidas” (“Hypertition an introduction” en merliquify.com).